Escrito por: Laura Acevedo (@educrein)

Estamos viviendo unos tiempos en Venezuela en que poca gente se conecta con lo positivo y hermoso de este país, producto quizás de la distorsión de un sistema económico político que nos agobia y nos carcome hasta las entrañas. De pronto, olvidamos la nobleza de su gente, la riqueza de sus talentos y lo espectacular de sus paisajes, obras, escenarios y monumentos que hablan de una historia única y particular en las cuales se refleja la verdadera esencia de lo que somos.

La ciudad de Caracas por ejemplo, hoy por hoy convertida en una gran urbe, se encuentra enmarcada en un peculiar valle, a los pies de nuestra majestuosa montaña Guaraira Repano, o mejor conocida comoel cerro El Ávila. Si por unos instantes los venezolanos nos tomáramos tiempo para una mayor conciencia y vagotonía, sería posible escuchar las voces que éstas y otras montañas permanentemente nos murmuran desde hace tiempo. ¿Qué nos dirá nuestro querido Guaraira de su insospechado mundo de fauna, flora y condensada vegetación a esta civilización teñida por el caos y la rutina?

Hay que reconocerles a nuestras montañas, éstas que bordean a Caracas, sus vientos frescos y tonificados por un sol acariciante al caer la tarde, envidiable para cualquiera que nos visite desde esos sitios donde el trópico no tiene lugar. Pero El Ávila no ha sido testigo único de las complejidades en nuestra historia, tiempo y cultura. Como ella, hacia otras zonas de la ciudad, existen otras montañas capaces de conectarnos con valores esenciales y supremos de lo humano. Subiendo por Colinas de Bello Monte, en la calle Suapure, nos vamos a encontrar un gran muro construido por muchas piedras y columnas que portan siete águilas majestuosas talladas de hierro con sus alas abiertas de par en par.

Monumento a la Paz 3

En cualquier día quizás usted, como yo, tratando de huir del habitual tráfico, decide trasladarse hacia el otro lado de la ciudad por “los caminos verdes”, estos que bordean a nuestra ciudad de Caracas, entonces, subiendo por Colinas de Bello Monte se encontrará de frente con este bellísimo monumento que muchos llaman: El muro de la paz o el Monumento de las águilas. ¡Oh, cuánto nos dice esta maravillosa obra! Basta sucumbirnos en sus recónditos espacios para escuchar no solo las voces de su creador, sino además las voces de tiempos y civilizaciones anheladas de la paz, de la libertad y de una educación verdaderamente constructiva, sustentada en los firmes principios universales de todo lugar y tiempo.

Si las piedras de este muro nos hablaran nos dirían por ejemplo que esta obra  nació en el año 1963 de la idea de un libanés residenciado en Venezuela y cuyo nombre era: Farid Mattar, un doctor en leyes, escritor y poeta, presidente del movimiento intelectual: Águilas de cedros y la Fundación Planeta Libre, cuyos ideales estaban centrados en una educación para la vida y la paz, convertida luego en la primera cátedra latinoamericana del Programa UNESCO-UCV. También estas piedras nos murmurarían que antes de morir Farid en el año 2000, nos dejó todo un legado en cada uno de los pisos de este gran monumento.

Monumento a la Paz 5

Transitar por los cuatro niveles de este templo nos traslada a una dimensión donde la fuerza de las piedras recicladas nos recuerda lo inconmensurable de los principios humanos cuando son arraigados en nuestra conciencia.  Siete columnas rústicas, asimétricas e irregulares representan en este muro el planeta tierra, el hombre, el hogar, la universidad del futuro, la libertad, la tolerancia y el supremo; mientras que las siete águilas doradas simbolizan al ser humano, el amor, la libertad, la evolución, la religión, la paz y la perfección. Las piedras que luego de cumplir su principal función de conformar las aceras de Caracas de los años 60 sufrieron una especie de mutación, después se convirtieron en los pilares del gran muro de la paz.

Así, esta Caracas convulsionada por el tráfico perenne, la inseguridad e incesante violencia, donde la nostalgia de otros tiempos se nos grita en cada ocaso, se doblega ante bellezas inimaginables, portentos de profunda sabiduría, creación y arte, ocultos en algunas de sus montañas, de sus escenarios, caminos y piedras que se mantienen alertas; nos habla siempre de un mundo mejor para las futuras generaciones. ¡Ojalá y así sea!

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