Escrito por @MarcosGalletto

A las seis de la mañana desperté en aquella acogedora posada. Hacía frío, sin embargo, podía soportarlo perfectamente. Era un establecimiento pequeño, contaba con aproximadamente doce habitaciones, sus propietarios eran personas cálidas, como la mayoría de los habitantes de aquel lugar. El techo estaba construido de tal manera que a través de un pequeño agujero, muy parecido a una ventana, podía observar perfectamente la majestuosidad de aquella hermosa e imponente montaña. Su cumbre estaba cubierta de un blanco resplandeciente, mi mirada no se dejaba distraer por cosa alguna, más que por la imponencia de aquel pico.

Más tarde mi familia y yo decidimos realizar un paseo que nos ofrecieron en la posada, era un recorrido largo, pero me encantaba la idea, sabía que con lo enamorado que estaba de  Mérida, cualquier lugar, por muy común que fuese, despertaría en mí las ganas de volver. El paseo prometía muchísimo, nos llevaría en su camioneta el hijo de la dueña de “Don Cándido”, la posada donde nos hospedamos, con su esposa, quienes además serían nuestros guías.

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Antes de partir, un niño de mi edad corrió hacia la camioneta, era el sobrino de nuestro guía. No era fácil para mí hacer amigos, mi timidez e inseguridad no lo permitía, por lo que por un momento me resultó incómodo, sin embargo, fue muy fácil hacerme amigo de él. Durante el camino hacia nuestra primera parada me contaba leyendas de algunas de las lagunas que se encontraban en los páramos, estaba fascinado, en mi mente recreaba aquellas historias fantásticas.

Como nos dirigíamos al páramo las calles eran estrechas por los bordes de la montaña. Observaba por la ventana lo diminuto que se veían los pueblos mientras ascendíamos. Era de mi total agrado ver a los habitantes de aquellos lugares, percibía que eran personas felices o quizá era simplemente mi deseo de habitar en un sitio donde los lugareños parecían no preocuparse por motivos mayores, ya que la belleza del lugar era la bendición necesaria para vivir alegres.

Nuestra primera parada fue en San Rafael de Mucuchíes, en la capilla de piedras, obra del artista Juan Félix Sánchez. Una edificación religiosa construida con paredes y techo de rocas, inaugurada el 18 de febrero de 1984. Por fuera la construcción es hermosa, pero por dentro era impresionante.

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Seguimos subiendo y el frío era bárbaro. Llegamos a un lugar magnífico que jamás borraré de mi mente: la laguna de Mucubají. Cada detalle de aquel lugar me sorprendió, deseé rodearla, tocar con mi mano sus aguas, agacharme y verla de cerca. Los más 15 metros de profundidad que dan vida al río Santo Domingo, me dieron mucho miedo, pero sentí que si la respetaba y me conectaba con la naturaleza no había que temer. Su agua era helada y misteriosa. Muchos se preguntan ¿cuál es la forma correcta de comulgar con Dios? Esta fue mi manera, a través de la naturaleza experimenté una profunda conexión con él, sentí que me escuchaba y le dije: “Qué grande eres, creaste todo esto para nosotros”.

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Continuamos con nuestro recorrido hasta llegar al punto más frío, el pico El Águila.  Creí que si bajaba de la camioneta moriría de hipotermia, pero cuando lo hice no quería devolverme jamás. Era tan feliz en aquel lugar que anhelé aprender a vivir con aquel clima, lo controlaba con un muy sabroso chocolate caliente. El Pico El Águila se sitúa a 4.118 metros sobre el nivel del mar y también se le denomina “El collado del cóndor”, ya que en el lugar se levanta una escultura del cóndor de Los Andes, figura realizada en bronce que conmemora el paso del ejército patriota durante la Campaña Admirable.

A continuación visitamos el monumento al perro nevado en Mucuchíes, una encantadora escultura que se realizó en honor al fiel compañero del Libertador que lo acompañó por las ciudades y campos de batalla.

Luego acudimos a un lugar lleno de historia y tradición, el monumento a loca Luz Caraballo en Apartaderos. Aun con mi miedo irracional a las personas con enfermedades mentales, sentía que el motivo de Luz Caraballo era totalmente válido. Según cuenta la leyenda, era una mujer enloquecida que protegía mucho a sus cinco hijos, pero dos de estos fueron a verse con Simón Bolívar y partieron con él. Desde ese momento Luz Caraballo vaga buscándolos por los caminos del páramo, sobretodo en la parte de Chachopo a Apartaderos donde se han escuchado sus gritos.

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Nuestra última parada fue en el monumento a las cinco águilas blancas, que representa los cinco picos más altos de la cordillera de Mérida. Se cree que cinco águilas blancas volaban por el firmamento azul y se posaron cada una sobre uno de los cinco riscos, posteriormente fueron petrificadas por el frío. Estos picos son: Bolívar, Bonpland, La Concha, El Toro y El León.

Ya la noche tendía su manto cuando regresábamos a la posada. El deseo incontenible por volver fue mi anhelo en este viaje.

-Fotos: internet

 

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